La niebla; mano
blanca poética y vengativa llena el aire con su traje de vaporoso tul,
desde las cimas de los montículos pedregosos y deshabitados de vegetación hasta los bordes verdosos de las acequias y las orillas del azarbe. Huertos de naranjos difuminados y húmedos se esparcen por el paisaje y sujetan con sus ramas el vapor que, ya amenazado por los primeros rayos de sol prefiere esconderse y desaparecer. Todo tiene un aspecto aterrador cuando la niebla lo embadurna con su fragancia. La noche, aliada de la niebla llega a su fin y como un monstruo saciado de sangre regresa a su ataúd y se cierra con siete llaves para protegerse de la luz. Por fin regresa la felicidad al insomne y el anciano se besa en las yemas de los dedos incrédulo por haber despertado y seguir vivo.
desde las cimas de los montículos pedregosos y deshabitados de vegetación hasta los bordes verdosos de las acequias y las orillas del azarbe. Huertos de naranjos difuminados y húmedos se esparcen por el paisaje y sujetan con sus ramas el vapor que, ya amenazado por los primeros rayos de sol prefiere esconderse y desaparecer. Todo tiene un aspecto aterrador cuando la niebla lo embadurna con su fragancia. La noche, aliada de la niebla llega a su fin y como un monstruo saciado de sangre regresa a su ataúd y se cierra con siete llaves para protegerse de la luz. Por fin regresa la felicidad al insomne y el anciano se besa en las yemas de los dedos incrédulo por haber despertado y seguir vivo.
Los colores van
surgiendo de la sombra y toma brío la voz de la mañana; pájaros silvestres,
gallinas y otros animales; desde los corrales entonan un cántico desordenado,
pero cántico al fin y al cabo, con la misma melodía, el mismo ritmo, la misma
cadencia, los mismos instrumentos que sonaron ayer mismo, ahuyentando de forma
perezosa al solitario silencio. Y allá, al fondo, sobre la colina seca se
yergue como un coloso la casa con la fachada blanca, donde un día viví y una
noche encontré la muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
opina